jueves, 27 de junio de 2013

Crónica
¿A qué peruano no le gusta el ceviche?

 Soy una de las pocas personas en el Perú que no tiene en su menú ese plato, hecho de pescado, tan alabado a nivel mundial. En esta crónica relato mi experiencia en el V feria gastronómica que se enfoca en rendirle homenaje al ceviche, que tal día (para mí), ¿verdad?
Ayer asistí al día de la inauguración  de esta feria. Fue por un trabajo tal como mi visita al Parque de las Leyendas, sin embargo, esta vez yo elegí estar ahí. Sé que esa decisión es contradictoria en mí (a la peruanita que no le gusta el ceviche) pero ese evento se encontraba muy cerca de mi casa y por la información que recolecté del diario El Comercio también había comida regional. (Y a esta peruanita si le gusta el arroz con pollo, la causa, los picarones y entre otras delicias peruanas más). Salí de casa a las cinco de la tarde porque según la página de ARMAP (asociación que organiza aquel festín) a las seis de la tarde empezaba el horario estelar así que pensé que habría más personas. Pues me equivoqué, cuando llegué el lugar no se encontraba lleno total pero según mi fuente, Pedro Ruedas, para ser el primer día estaba bien.
Al llegar una salsa como fondo musical me recibió, aunque no es mi género sí amenizó mi noche ya que después de todo el tráfico y los estruendosos sonidos que generan esa pista de raíces caribeñas fue como música clásica para mis oídos.  Decidí hacer un pequeño recorrido de toda las cevicherías de ese lugar ya que sí o sí tenía que probar el plato bandera que identifica a mi país. Agrego que hace más de diez años no pruebo el ceviche. Recorrí diez stands y no me animaba a preguntar. Solo recibía flyers, tarjetas y lo único que escuchaba era: “Amiga, anímate a probar el ceviche” o “Toma, una cuponera de nuestros productos, súper descuentos”. Hasta que llegué al penúltimo stand y  decidí pararme. Al principio solo me quedé mirando el puestito y tenía por nombre “Los Calamares”. Entonces se me acercó un señor de unos 60 años (según yo), la forma en cómo me habló, con tanta amabilidad me animó a preguntar: ¿Cuánto está su ceviche? Él me respondió: “Tenemos de quince y veinte soles, toma prueba nuestro chicharrón de calamar”. Al escuchar calamar acepté su propuesta aunque titubeé al principio.
Después de probar ese pequeño chicharrón, le pedí que me diera una porción de quince soles. Debo resaltar que sí me gustó ese calamar crocante. Le pagué y me preguntó: ¿El chicharrón lo quieres con ceviche o con arroz con mariscos? Aunque mi respuesta era la segunda opción tuve que escoger la primera  sino no estuviera escribiendo ahora. Me senté en una de las mesas cercanas a ese negocio porque de esa manera me obligaba a terminar ese inmenso plato (según mi punto de vista).
Me demoré más de una hora en acabarlo (sin mentir) y lo sé muy bien porque durante todo el momento estuve viendo mi reloj. En toda esa hora, los integrantes de este stand no dejaron de mirarme. Imagino que era por el tiempo (tan exagerado) que demoré en terminar ese potaje que a diferencia de las personas de las otras mesas en las que sí devoraban cada platillo al instante. Y no lucían como un niño de tres años que no quería comer su comida y era obligado por su mamá porque así me sentía yo.
En la primera cucharada (porque yo uso cuchara para todo tipo de comida) el sabor a limón y esa pisca de picante atacaron mis pupilas gustativas. La pequeña porción de choclo la acabé al instante,  estaba muy bueno, súper suave, tal como lo hacía mi abuelita. Luego comí el chicharrón de calamar y al terminarlos me encontré muy satisfecha y llena pero debía continuar. Deseche las cebollas y luego con una extrema paciencia empecé a probar el pescado crudo, cada trocito lo mantenía en mi boca por más de cinco minutos ya que trataba de encontrarle su buen sabor, que era un hecho por todos y para todos. Pero no le encontraba y así sucedió hasta el último trocito de pescado.
Aunque ese ceviche no cambió mi idea ni mi gusto (aunque ese resultado ya se esperaba) pasé una linda velada en esa carpa rojiblanca, que por un momento me trajo a esa niñita peruana que se divertía en los circos. Y más cuando probé los dulces como los picarones, crema volteada y mi pop corn para ponerle fin a mi visita.
A las siete y media de la noche, me fui satisfecha con todo al compás de un gran vals  como es la canción “mi propiedad privada”.





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