Crónica
¿A qué peruano no le
gusta el ceviche?
Soy una de las pocas
personas en el Perú que no tiene en su menú ese plato, hecho de pescado, tan
alabado a nivel mundial. En esta crónica relato mi experiencia en el V feria gastronómica
que se enfoca en rendirle homenaje al ceviche, que tal día (para mí), ¿verdad?
Ayer asistí al día de la inauguración
de esta feria. Fue por un trabajo tal
como mi visita al Parque de las Leyendas, sin embargo, esta vez yo elegí estar
ahí. Sé que esa decisión es contradictoria en mí (a la peruanita que no le
gusta el ceviche) pero ese evento se encontraba muy cerca de mi casa y por la
información que recolecté del diario El Comercio también había comida regional.
(Y a esta peruanita si le gusta el arroz con pollo, la causa, los picarones y
entre otras delicias peruanas más). Salí de casa a las cinco de la tarde porque
según la página de ARMAP (asociación que organiza aquel festín) a las seis de
la tarde empezaba el horario estelar así que pensé que habría más personas.
Pues me equivoqué, cuando llegué el lugar no se encontraba lleno total pero según
mi fuente, Pedro Ruedas, para ser el primer día estaba bien.
Al llegar una salsa como
fondo musical me recibió, aunque no es mi género sí amenizó mi noche ya que
después de todo el tráfico y los estruendosos sonidos que generan esa pista de
raíces caribeñas fue como música clásica para mis oídos. Decidí hacer un pequeño recorrido de toda las
cevicherías de ese lugar ya que sí o sí tenía que probar el plato bandera que
identifica a mi país. Agrego que hace más de diez años no pruebo el ceviche. Recorrí
diez stands y no me animaba a preguntar. Solo recibía flyers, tarjetas y lo
único que escuchaba era: “Amiga, anímate a probar el ceviche” o “Toma, una
cuponera de nuestros productos, súper descuentos”. Hasta que llegué al penúltimo
stand y decidí pararme. Al principio
solo me quedé mirando el puestito y tenía por nombre “Los Calamares”. Entonces
se me acercó un señor de unos 60 años (según yo), la forma en cómo me habló,
con tanta amabilidad me animó a preguntar: ¿Cuánto está su ceviche? Él me
respondió: “Tenemos de quince y veinte soles, toma prueba nuestro chicharrón de
calamar”. Al escuchar calamar acepté su propuesta aunque titubeé al principio.
Después de probar ese
pequeño chicharrón, le pedí que me diera una porción de quince soles. Debo
resaltar que sí me gustó ese calamar crocante. Le pagué y me preguntó: ¿El
chicharrón lo quieres con ceviche o con arroz con mariscos? Aunque mi respuesta
era la segunda opción tuve que escoger la primera sino no estuviera escribiendo ahora. Me senté
en una de las mesas cercanas a ese negocio porque de esa manera me obligaba a
terminar ese inmenso plato (según mi punto de vista).
Me demoré más de una hora en
acabarlo (sin mentir) y lo sé muy bien porque durante todo el momento estuve
viendo mi reloj. En toda esa hora, los integrantes de este stand no dejaron de
mirarme. Imagino que era por el tiempo (tan exagerado) que demoré en terminar
ese potaje que a diferencia de las personas de las otras mesas en las que sí
devoraban cada platillo al instante. Y no lucían como un niño de tres años que
no quería comer su comida y era obligado por su mamá porque así me sentía yo.
En la primera cucharada
(porque yo uso cuchara para todo tipo de comida) el sabor a limón y esa pisca
de picante atacaron mis pupilas gustativas. La pequeña porción de choclo la
acabé al instante, estaba muy bueno,
súper suave, tal como lo hacía mi abuelita. Luego comí el chicharrón de calamar
y al terminarlos me encontré muy satisfecha y llena pero debía continuar.
Deseche las cebollas y luego con una extrema paciencia empecé a probar el
pescado crudo, cada trocito lo mantenía en mi boca por más de cinco minutos ya
que trataba de encontrarle su buen sabor, que era un hecho por todos y para
todos. Pero no le encontraba y así sucedió hasta el último trocito de pescado.
Aunque ese ceviche no cambió
mi idea ni mi gusto (aunque ese resultado ya se esperaba) pasé una linda velada
en esa carpa rojiblanca, que por un momento me trajo a esa niñita peruana que
se divertía en los circos. Y más cuando probé los dulces como los picarones,
crema volteada y mi pop corn para ponerle fin a mi visita.
A las siete y media de la noche,
me fui satisfecha con todo al compás de un gran vals como es la canción “mi propiedad privada”.
